
Quiero hacer desde aquí un homenaje a una mujer de Antas que hizo de su vida una muestra de amor impresionante. Me refiero a “Pepa la Rabota”. Murió hace años y muchos quizás no la recuerden, pero fue un ejemplo de madre coraje.
Tenía una tienda de comestibles en la calle que baja de la capilla de las monjas y antes de llegar al bar del Jumilla. Era una mujer guapa, simpática, amable… Llegaras cuando llegaras siempre atendía con una sonrisa.
Era viuda, pero sobre todo era madre. Su hijo estaba en cama desde niño y era el motivo y la ilusión de la vida de aquella madre. Pepa vivía para su hijo, lo cuidaba con un cariño que llamaba la atención. Su cama parecía un altar. Manolo no hablaba pero su mirada y sonrisa, eran para Pepa el mejor libro que podía leer.
Tenía una de las pocas televisiones que había en Antas, y su casa por la noche era como un gran salón en el que cabíamos todos, por las escaleras, en el suelo, en sillas o de pie, nadie se sentía extraño en aquella casa.
Gracias Pepa por enseñar desde el silencio a amar con tanta generosidad y con tanto esfuerzo.
Tenía una tienda de comestibles en la calle que baja de la capilla de las monjas y antes de llegar al bar del Jumilla. Era una mujer guapa, simpática, amable… Llegaras cuando llegaras siempre atendía con una sonrisa.
Era viuda, pero sobre todo era madre. Su hijo estaba en cama desde niño y era el motivo y la ilusión de la vida de aquella madre. Pepa vivía para su hijo, lo cuidaba con un cariño que llamaba la atención. Su cama parecía un altar. Manolo no hablaba pero su mirada y sonrisa, eran para Pepa el mejor libro que podía leer.
Tenía una de las pocas televisiones que había en Antas, y su casa por la noche era como un gran salón en el que cabíamos todos, por las escaleras, en el suelo, en sillas o de pie, nadie se sentía extraño en aquella casa.
Gracias Pepa por enseñar desde el silencio a amar con tanta generosidad y con tanto esfuerzo.